LA PARTICIPACIÓN CIUDADANA: DEL DISCURSO A LA ACCIÓN

La participación ciudadana forma parte de la mayoría de los discursos políticos. Es moderno y queda bien declararse a favor de la participación de los ciudadanos en las decisiones políticas y en la mejora de la formulación e implantación de las políticas públicas. Sin embargo, los discursos se amontonan y no son capaces de aterrizar, en muchas ocasiones, en medidas concretas que supongan una verdadera participación. A mi juicio son varios los factores que explican este fenómeno: el miedo a perder poder por parte de los representantes políticos, la facilidad con la que se establecen relaciones de conflicto con los participantes no representantes, la cantidad de tiempo que hay que emplear en conocer los intereses presentes y la falta de cultura en participación de nuestra sociedad.


La visión del poder que tienen los representantes es un asunto fascinante y podría dar lugar a muchas consideraciones, en esta ocasión me gustaría destacar que se trata de un “espejismo” que sufren las élites locales puesto que ningún proceso participativo puede despojar a las autoridades municipales de su capacidad de decisión, porque aunque regulasen “contra norma” esa posibilidad, sería necesario un acuerdo formal de algún órgano con representación, para poner en marcha las políticas que hubiesen sido acordadas en el ámbito de la participación ciudadana. Por tanto, en el peor de los casos, el poder es transferido momentáneamente a la sociedad civil y luego recuperado para la decisión final. Por tanto, el asunto del poder debería analizarse desde la perspectiva del conocimiento y enriquecimiento de las decisiones que aporta cualquier proceso participativo y del que los representantes municipales se benefician pues mejora, sin lugar a dudas, la acción de gobierno y en cualquier caso nunca la va a empeorar.
El conflicto en los procesos participativos que deberían erradicarse por que no aportan nada, surgen de trasladar a ese terreno las luchas partidistas, tratando de ganar posiciones de poder en un ámbito, que como hemos aclarado no se debate sobre el mismo. Tal vez si fuéramos conscientes de la importancia de mantener un debate fluido, sin presiones y dentro de la colaboración institucional la participación aumentaría en el ámbito municipal, incorporando más ciudadanos para evitar que se convierta en una extensión del debate entre partidos y fuera un diálogo representantes-sociedad civil.
Claro que el elemento o ingrediente que más nos aleja de la participación es la falta de cultura o dicho de otro modo la falta de costumbre que tenemos de dedicar nuestro tiempo a debatir y dialogar con los representantes sobre las políticas publicas, los bienes y servicios y las inversiones que se adquieren o se llevan a cabo en nuestro ámbito de gestión.
A modo de conclusión, debemos seguir creando espacios de diálogo y colaboración entre ciudadanos, colectivos y asociaciones para enriquecer nuestras decisiones, intentando mejorarlas sin necesidad de alterar el proceso político que supone la elección de representantes, pero si atendiendo a las demandas reales con las mejores soluciones.

Juan Andrés Díaz Guerra

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