La independencia de Cataluña es algo imposible, y sin embargo, en toda España, en Europa, e incluso en muchas partes del mundo, desde hace una temporada, se está pendiente de lo que conlleva la pretendida “República Independiente de Cataluña”

¿Cómo se explica semejante contradicción? No es posible hacer que la materia negra se vea blanca, pero  la ingeniería social sí puede transformar una sociedad. Véase Venezuela que abundaba en oro negro y ahora, la reeducación populista de Chaves y Maduro la han convertido en el paraíso del hambre, siguiendo los pasos de Cuba. 

Un negocio social de tanta gravedad y envergadura, no surge de modo imprevisto.  Se necesita un programa de “reeducación social” mantenido a lo largo de mucho tiempo para crear el ambiente adecuado. Pero no falla, se utiliza a los niños en la escuela y las ideas que se les inculquen ya no se borrarán jamás y cuando sean mayores serán héroes o villanos, según el programa  que  les hayan  enseñado y hecho aprender.

En Cataluña no ha habido guerra de independencia, ni lucha revolucionaria con asalto a las barricadas.  Se ha puesto en escena una obra donde los papeles estaban repartidos entre los propios gobernantes que se saltan las leyes y el pueblo que los respalda, pero de una forma” inocente”, “alegre”, “sin violencia”, en ejercicio del kumbayismo, para reclamar sus derechos. Soportando, ellos tan pacíficos, las cargas policiales del Estado opresor.

Es una masa que tiene ciega creencia en la patria catalana, con la ilusión de crear una nación nueva, maravillosa, donde todo será perfecto, donde reinará la abundancia para lujosas infraestructuras y  donde los jubilados serán felices. Y para alcanzar semejante maravilla solo se precisa una condición: prescindir de España, esa cosa opresora, impositiva, centralista, casposa, reaccionaria, llena de vagos, y que es la causa y origen de todos los males que afligen a Cataluña.

Esta es la fruta madura que han conseguido tras varias décadas de laborioso cambio cultural en Cataluña. Pura obra de “ingeniería social”, o mejor dicho, de “negocio social”, donde se manipula a la población y unos pocos se benefician. Ya no se emplea la sangrienta revolución marxista-leninista porque provoca reacciones y además es demasiado escandalosa.  La modernidad ha impuesto el método Gramsci que consiste en introducirse y dominar  todos los medios culturales, la  enseñanza en primer lugar, entretenimiento y ocio, prensa, radio, TV, y de influencia social , Iglesia, instituciones, asociaciones,etc, para cambiar la mentalidad de las personas y que pierdan sus valores.

Una vez que las mentes piensan como los “ingenieros de mentes” quieren que piensen, ya está todo hecho y las personas actuarán, muy libres ellas, del modo que los manipuladores hayan dispuesto. El poder –que es de lo que se trata- caerá como fruta madura, de forma pacífica,  con el voto de los propios ciudadanos re-educados. Es una simple manipulación de las ideas, sin riesgos y con éxito asegurado cuando se ofrece  progreso, libertad, derechos, apoyo a los oprimidos y, en definitiva, la felicidad en esta tierra  sin esfuerzo. Todo gratis.

Ya lo decía  Stalin: “Las ideas son más poderosas que las armas. Nosotros no dejamos que nuestros enemigos tengan armas ¿por qué dejaríamos que tuvieran ideas? Y, en el campo de las ideas, el idioma es un instrumento de desarrollo y un arma de lucha.

Una prueba de la eficacia del marketing desarrollado por las instituciones dominantes en Cataluña es el hecho de que hay unos 300 curas y la mayoría de frailes y monjas que se manifiestan independentistas. Ello a pesar de la dificultad que se plantea, en conciencia, para compaginar el rechazo a lo español por la supremacía catalana y los valores de igualdad que corresponden a la condición cristiana.

Como no hay mal que por bien no venga, esta lamentable situación ha sido la ocasión para reconocer la existencia del Reino de España y la existencia del pueblo español. Solo falta que el tercer elemento, el Gobierno, haga posible una educación que respete la verdadera realidad.

Julio Narro

Compartir este artículo

Fernando Azor - Psicología

Felipe Gallego

Edición Impresa Actual