Fernando Azor (40)

Para algunas personas es como una maldición, no pueden dejar de pensar y de darle vueltas a un montón de situaciones cotidianas. Se adelantan a lo que pueda pasar  e intentan darle soluciones a cada amenaza que detectan. Cuando están con gente piensan en cómo habrán interpretado lo que han dicho, cuando están solos, piensan en los que van a hacer luego, en la ropa que se pondrán, en el conflicto con el jefe y lo que tendría que decir… La realidad es que es fácil en la sociedad en la que vivimos vivir en el futuro y en el pasado, y poco en el presente. A Edmun Burke, filósofo inglés del siglo XVII se le atribuye la frase: “vivir es construir nuevos recuerdos”. La verdad es que es muy cierto que sin presente no hay pasado, pero nuestro ritmo de vida nos centra quizás en exceso en lo que ya pasó o en lo que prevemos que pasará.
El olor corporal consecuencia del sudor, del cuidado de la boca, o de la manera en la que la persona hace la digestiones de los alimentos, puede ser un punto de conflicto y fricción con quienes convivimos a diario.
Las habilidades de cada persona para expresar sentimientos es muy variable. Hay personas que aprenden de sus padres y amigos a expresar sus sentimientos, a darles forma, a identificar soluciones y a hacer peticiones concretas. Esta habilidad es como un escudo contra la depresión y la ansiedad. Permite poner palabras a las emociones. Permite que las ideas se puedan categorizar y analizar para que podamos resolver o aceptar lo que nos pasa. Cuando esta habilidad no se posee o está poco desarrollada, hay que esforzarse en conseguirla. La vida mejora… mucho.
La parentificación es un término que hace referencia a los roles entre padres e hijos. La parentificación puede definirse en pocas palabras como un proceso por medio del cual el niño se convierte en el padre de su padre. Durante el proceso de parentificación, un niño o un chico joven acaba asumiendo una responsabilidad mayor de lo que corresponde a su edad y madurez.

¿Las tareas se posponen con demasiada frecuencia?, ¿Se dice a menudo que ha de hacer cosas pero no las acaba? ¿Se propone tareas, se enfada consigo mismo y se siente culpable porque frecuentemente las retrasa? ¿Cuando pospone una tarea suele tener buenas razones pero se convierte en una constante?, entonces es posible que procrastine.

Junto a la pregunta que formulo en el título habría que añadir, ¿por qué me producen calma las rutinas? ¿Son buenas? ¿Tienen efectos secundarios? ¿Qué beneficios tienen? ¿Por qué cuantos más años cumplimos mayor tendencia tenemos a crear procedimientos que se repiten para resolver nuestras necesidades? Intentemos responder a estas preguntas.

Ante la ruptura de pareja, al “dejador” le corresponde frecuentemente ser el blanco de las iras del dejado. En el caso de que esté firmemente convencido de su decisión, este papel será más llevadero, pero en el caso contrario la ruptura se convertirá en un proceso con más desgaste.

No siempre cuando se llega a la ruptura es de forma conflictiva e inesperada, pero cuando esto ocurre los efectos emocionales tienden a magnificarse.

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Fernando Azor - Psicología

Felipe Gallego

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