Fernando Azor (31)

Negociar con uno mismo

Cuando algo nos produce malestar y debemos encontrar y poner en práctica soluciones, no siempre nos apetece dar los pasos necesarios para llevarlas a término. Pongamos algunos ejemplos cotidianos: “mi jefe espera que acabe de encuadernar hoy un documento, pero lo voy posponiendo para la tarde, porque me aburre la tarea”, “tengo que ir al dentista a que me revise una caries, pero cada semana me digo que lo haré y siempre lo dejo un poco más”, “tengo que ir a prepararme la comida, me digo que voy a ir enseguida, pero como estoy acabando una tarea con el ordenador cada cinco minutos negocio conmigo otros cinco minutos más”; ante una ruptura de pareja: “sé que no tengo que llamar a Pepe. El me pidió tiempo, pero lo echo tanto de menos que le voy a poner un mensaje para saber cómo le va”.

La presión y la exigencia son necesarias para conseguir alcanzar metas, especialmente aquellas que se alargan en el tiempo e inicialmente son poco placenteras. Aún así quedarse corto o pasarse tendrá sus consecuencias. Normalmente la primera será el no alcanzar las metas, y la segunda puede que también pero además se unirá la vivencia de bloqueo y ansiedad intensa.

Dependiendo de la cantidad de normas rígidas sobre lo correcto o incorrecto que uno tiene interiorizadas, será más o menos fácil enfadarse cuando los otros rompan esas normas, y de esta forma podremos llegar a un modo de comunicación agresivo. Otras veces, por temor al conflicto, la agresión no es tan directa ni clara sino más sutil, a esto lo llamamos agresión pasiva. Un ejemplo de esta comunicación sería quedarse callado ante preguntas del tipo: “¿Vamos a dar una vuelta?, ¿Estás bien?, ¿Te pasa algo?”. El silencio en estos casos transmite mensajes del tipo “eres tonto”, “paso de ti”, o “no te enteras de nada”; así no se deja claro si uno está enfadado, ni la razón de ese enfado pero sí se transmite malestar

Le cuesta ser paciente? ¿Intenta tomarse las cosas con calma pero le resulta difícil? Por oposición, la impaciencia es una emoción intensa que a menudo se asocia a inquietud y nerviosismo, pero también es un gran motor para hacer cosas y afrontar retos. Es una emoción, que cuando no se desborda puede hacer que la vida merezca mucho la pena (sobre este enfoque puede leer el artículo pros y contras de la impaciencia).

Parece que ser capaz de imaginar lo peor acabará calmando. Es una idea bastante extendida. La realidad es que es cierto pero con matices muy importantes. Si lo que buscamos es adelantarnos a lo que vendrá, pero con la idea principal de encontrar siempre una solución a cada amenaza, lo normal es que se produzca el efecto contrario: que estemos todo el tiempo con sensación de peligro y amenaza por todo lo que puede pasar.

A veces existen soluciones rápidas y cercanas a problemas cotidianos con las que no contamos. Cuando los niveles de ansiedad o alerta cotidianos son elevados podemos utilizar la respiración diafragmática como paliativo de los síntomas físicos y emocionales. Podemos conseguir reducir el nivel de alerta a niveles moderados, permitiendo que las habilidades para manejar el estrés sean más efectivas. La respiración cuando se hace desde el diafragma permite la activación de un nervio muy especial, llamado nervio vago. Gracias a sus características se potencia la sensación de calma.

Dentro de nuestras aspiraciones está la de sentirnos bien y ser felices, para ello se convierte en prioritario que la ansiedad o la tristeza no nos invada en el día a día. Existen rutinas más o menos generadoras de malestar, que unidas a las características de personalidad de cada uno, harán de la ansiedad o la tristeza algo más o menos frecuente.

En estos casos, la ansiedad se produce como consecuencia de varios factores: el estilo de personalidad, la vivencia de situaciones traumáticas, el nivel de actividad, la sensación de no acabar de resolver muchos temas pendientes en el día a día (no tienen porque ser situaciones graves, basta con que estén presentes y no acaben de resolverse), la tendencia a somatizar de cada persona, el manejo que se hace de las sensaciones físicas... y en especial, para entender el miedo a cruzar puentes o el miedo a pasar por túneles, la capacidad para tolerar sensaciones y no ser impaciente a la hora de alejarse de las sensaciones.

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Fernando Azor - Psicología

Felipe Gallego

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