El castigo: una opción para educar

En general cuando un padre habla de castigos, se refiere a algo que ha quitado al hijo: prohibirle salir por la tarde con los amigos, no poder jugar unos dias con la videoconsola... O también algo que le ha impuesto y que aunque el hijo no quería finalmente lo ha tenido que hacer: recoger la habitación, más horas de estudio...

 

En general cuando un padre habla de castigos, se refiere a algo que ha quitado al hijo: prohibirle salir por la tarde con los amigos, no poder jugar unos dias con la videoconsola... O también algo que le ha impuesto y que aunque el hijo no quería finalmente lo ha tenido que hacer: recoger la habitación, más horas de estudio...

La finalidad de castigar es la de favorecer que el niño reaccione y haga por sí solo lo que se espera de él: portarse bien, estudiar... Sin embargo el concepto de castigo desde el punto de vista psicológico, se entiende como crear una consecuencia tras un acto, tras una conducta, con el fin de reducir una comportamiento no deseado por el educador. Si queremos eliminar un comportamiento estamos usando la técnica correcta, pero si lo que queremos es potenciar una conducta, normalmente fracasará. Sería mucho mejor utilizar técnicas de reforzamiento, ya que estas están pensadas precísamente para aumentar la conducta que nos interesa.

Quedarse sin algo que se tenía puede hacer que se quiera recuperar, pero también puede producir más rabia, y por tanto más oposicionismo y tozudez. En el caso concreto de los niños, algunos reaccionan mejor que otros a este modo de potenciar cambios. Los niños más sumisos suelen adaptarse modificando su conducta, si bien es verdad que de fondo lo que se le enseña es a doblegarse más, potenciando una característica que probablemente no será la mejor para su desarrollo social.

El castigo cumple a menudo una doble función, intentar controlar conductas inadecuadas de un niño, y el alivio que produce al padre imponer su criterio con la expectativa, a menudo impaciente, de que rápidamente el niño cambiará su actitud. Lo malo es que no siempre el castigo está puesto en función de cómo favorecerá el cambio, sino en función de lo justo que es que el niño haga lo que tienen que hacer.

Otra alternativa es potenciar lo contrario a lo que se quiere hacer desaparecer. Por ejemplo, si tenemos el caso de una niña que se frustra con facilidad porque todo lo quiere inmediatamente: que le respondan a lo que pregunta, que le compren lo que ve en una tienda, que le escuchen cuando quiere contar algo... Se puede castigar cada vez que se enfade por no tener lo que quiere, o se le puede premiar por cada vez que sea capaz de esperar unos pocos segundos más de lo que hasta ahora lo hacía. A veces basta con resaltar el esfuerzo y reconocer que se agradece un montón que lo haya hecho. La segunda opción, el refuerzo, suele producir bastantes más beneficios que la primera. Si la niña no aprende a hacer algo diferente para manejar su impaciencia, es complicado que consiga frenarse, a nos ser que sea por miedo a la reacción de los padres. De nuevo, no parece que sea una buena alternativa para educar a una niña.

Reflexiones y recomendaciones ante el conflicto desde el rol del educador:

  • Hay que recompensar el comportamiento positivo.
  • Hay que predicar con el ejemplo.
  • Cuidado con alarmarse en exceso, ¿la conducta que no se desea es tan mala? ¿es peligrosa? ¿puede considerarse normal dentro del desarrollo de un niño?.
  • Hay que evitar amenazas o gritos.
  • Hay buscar un compromiso por parte del niño para hacer las tareas o cumplir objetivos.
  • Los niños aprenden con la práctica, no inmediatamente. Educar es un proceso, tarda en completarse.
  • Hay que establecer límites y animar a los niños a respetarlos.

 

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Fernando Azor - Psicología

Felipe Gallego

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