La plaza del ayuntamiento (o la comprensión de lo paradógico)

Aparentemente es difícil de entender. Pero si rascas un poquito con el dedo y descubres lo que hay detrás del estuco, se pone de manifiesto la realidad.

“Por sus obras les conoceréis”. Qué gran verdad, qué frase tan acertada.

El partido que gobierna los designios de Tres Cantos, brillante ganador en las pasadas elecciones municipales, obtuvo la mayoría absoluta, entre otras razones, por su compromiso en reparar y restablecer aquellos desperfectos que se evidenciaban a lo largo y ancho de la ciudad. Sin embargo, empiezo a sospechar que esa obligación contraída no se está cumpliendo como todos esperábamos. En otras palabras: “mire, rasque el estuco y compruebe”.

No piensen que mi intención es buscar recónditos parajes en la ciudad de Tres Cantos, ni rincones escondidos, ni emplazamientos olvidados para sostener mi argumento. No, nada de eso. Les voy a hablar de la PLAZA PRINCIPAL, donde se ubica el Edificio Consistorial.

Testigo de excepción, y principal protagonista de este artículo, es el RELOJ DEL AYUNTAMIENTO. Desde su privilegiado enclave, observa con sorpresa e incredulidad todo cuanto acontece allí abajo, en el suelo que pisan los vecinos…

A unos metros de él, en situación igualmente empinada, se alza el ÁRBOL TRAICIONERO. No he conocido sobrenombre tan injusto para una planta. Se trata de un magnífico árbol, el mejor de la plaza, sano, bien crecido, distinto al resto de cuantos árboles adornan el entorno. El atributo “traicionero” se debe a sus raíces, que han levantado y encabritado los primarios adoquines que engalonan su base. Y son bastantes, repito, “bastantes”, las personas que paseando por el lugar, o yendo a gestionar cualquier asunto al Ayuntamiento, tropiezan con esos adoquines que sobresalen del suelo. Pero, por Dios, no es el árbol el que debe responder de acciones traicioneras. Ni tampoco sus impetuosas raíces. Ni siquiera los prominentes adoquines que hacen tropezar a la gente. El árbol no es el responsable. Y el RELOJ DEL AYUNTAMIENTO lo sabe…

Cerca de este frondoso árbol, un poco más abajo, el QUIOSCO VERDE sigue perdiendo día a día su color pistacho. La nostalgia ha hecho mella en él. Antes era un puesto de helados, bien atendido por los muchachos y muchachas de AMI-3. Ahora, ni siquiera en la época estival consigue abrir las puertas. Ya comienzan a aparecer en sus costados las bofetadas de tinta que propicia el abandono. Hoy, la fresa, la nata, el chocolate, el limón y la vainilla son el sinsabor de este irrisorio chiringuito. Paradojas de la vida.

Detrás del puesto de helados, yace un GRAN TRONCO cercenado. Mutilado por el hacha de la ignorancia y el mal gusto, ha quedado expuesto a la incertidumbre del viandante. Nadie sabe si su exhibición busca el escarnio, la mofa o el menosprecio. Pero ahí está, a merced de quien le mira receloso y con cautela, provocando la duda e imaginando símbolos dantescos.

Girando la vista, en dirección al Parque Tecnológico, las BALDOSAS DE LA AVENIDA evidencian la mala calidad de la mismas y la indiferencia de quienes deberían haberlas sustituido. Rajadas, partidas, rotas, destrozadas… Qué pena. Esta avenida pudo y debió ser la pasarela entre la Primera y Segunda Fase de Tres Cantos. Sin embargo… Paradojas de la vida.

Frente al reloj protagonista, se levanta la CASA DE LA CULTURA. ¿Cómo es posible que una construcción tan emblemática y querida, tan representativa en el pueblo, aparezca a los ojos del ciudadano como un edificio en estado comatoso y abandonado? Increíble. Paradojas de la vida.

Es lógico pensar que la tristeza y el estupor cubra el semblante del atento reloj. Todo lo ve, todo lo intuye, como un dios indiscreto e impertinente, pero que no puede librarse del yugo de su propio destino. Pobre RELOJ DEL AYUNTAMIENTO, erguido en lo más alto del Edificio Consistorial, vislumbrando el paisaje, siendo dueño y señor de una envidiable panorámica, pero sonrojado ante las miradas punzantes y las sonrisas cómplices y jocosas de los caminantes. Sí, ahí está EL RELOJ DEL AYUNTAMIENTO, expectante, fijo en el tiempo, anclado desde hace meses en las 9,30 horas, sin que nadie se acuerde de él, ni le ponga a punto. Qué ironía. ¡Menuda imagen!

En fin, cerremos: la PLAZA PRINCIPAL de Tres Cantos está abandonada a su suerte, al albur de quien no mira. ¿Por qué? Bueno… rasque un poquito con el dedo y descubrirá lo que hay detrás del estuco. Y, posiblemente, hallará “la comprensión de lo paradójico.”

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Teresa Fernández (vecina transeúnte)

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